
Hoy se cumplen tres años que Doña María Rosa dirige esta Casa, la Casa Doñano. Ustedes no se pueden hacer a la idea de lo que ocurrió ese día, el primero de esta nueva era.
La Doña llegó por la mañana, el hotel estaba lleno, sus nueve habitaciones ocupadas por nueve matrimonios y algunos niños. Ella llegó en su automóvil, que ya es distinto a los demás como todo lo que la rodea ella y tras ella un inmenso camión de mudanzas que estacionó a una distancia prudencial para no desenfocar el paisaje del lugar.
Cuando los huéspedes ya estaban en sus labores veraneantes, de paseo por ahí y por allá, Doña María Rosa se mostró en todo su esplendor. Empezó a dirigir la orquesta y mientras unos sacaban un sofá ella ordenaba traer otro del camión y sustituirlo. Lo mismo pasó con alfombras, cómodas, camas, cabezales, jarrones, cuadros, y mil detalles.
La escena era así, un operario llevaba un cuadro en las manos y Doña María Rosa el taladro. Caminaba él detrás de ella y cuando llegaban al lugar que Doña María Rosa creía adecuado, se producía el zumbido, se colocaba el taco, se ajustaban las alcayatas y se colgaba el cuadro. Inmediatamente se oía… “Otro”.
Sáqueme eso de ahí, ponga eso aquí, más a la derecha, más a la izquierda, cuidado con eso, ahí está bien, perfecto… esos eran los sonidos que se escuchaban en la casa desde que el último huésped salió hasta que al llegar la hora de la cena empezaron a llegar de nuevo.
Los huéspedes quedaron asombrados, pues dónde había un salón con tapicería a la galesa ahora había un salón nuevo, con otro ambiente, otro color, otro olor, otro calor.
Doña María Rosa a todos les decía… “Buenas noches, soy la nueva propietaria del hotel…” y ellos atónitos descubrían el lugar de nuevo asombrados, sorprendidos, reinventados.
Sucedió durante varios días, pocos, que fueron haciéndose ajustes y remates decorativos. Doña María Rosa se fue haciendo con la Casa Doñano y la Casa Doñano con Doña María Rosa.
A mí me pasó como a todos. Se me quedó la cara extraña de la sonrisa permanente que me produjo tanta escena. Esta si es una Doña. Esta sí que sí. Está si es dueña y se le nota. Esta sí que ama a la Casa. Lo sabía por el gesto de ella, de cómo miraba la Casa y sus cosas, las suyas y las mías.
Y alguien puso una máquina, de esas que hacen música y puso sus altavoces escondidos por los salones y de repente sonó todo a cielo, a ángel, a tiempo alegre y a mi pasado. De repente sonó Son Cubano y Bolero. Ya les digo sonó el cielo. Y la oí hablar y la vi bailar y hasta cantar. Y supe que era Indiana, ¡una Indiana Catalana!, y me puse a reír de contento, y canté y bailé desde el invisible lugar donde viven los que ya no bailan ni cantan.
Hoy hace tres años que soy feliz. Gracias Doñita.

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