Querida María Rosa.
Recibí su cata y la leí una y otra vez.
He pasado tantas cosas que ahora, a mis tantos años, he de ver el milagro de mi rejuvenecimiento. Que usted consiga esto, con nuestra casa, está fuera del alcance de mí entender. Pero el caso es que es así.
Pronto llegará el verano, se nota en el olor y en la luz. Las tardes ya son largas de verdad. Los rosales están espléndidos y generosos. He visto que una señora, una huésped de la casa, ha cortado delicadamente una rosa y me acordé de mi madre. Las cuidaba y hablaba. Mi madre se llamaba, además, Rosa. Tenía un rosal junto a un murillo que separaba nuestra humilde casa del huerto. Acostumbraba a arranca algunas i adornar la casa al tiempo que la perfumaba.
Mi tía Elia hacía unos ramos preciosos. Se la conocía por ello. Juntaba las rosas con hierbas y hasta cardos, hacia unos lazos de hojas verdes y las ofrecía como regalos. Mi tía Elia y mi madre Rosa. La tía Elia vivió con nosotros cuando enviudó siendo yo muy niño. Tenía hijos y supongo que los nietos de éstos deben andar por ahí. También los parientes de mi padre han de haber sobrevivido a los avatares del tiempo. Yo tenía primos de ese lado también.
Un día usted me los buscará, ¿Verdad? Me ayudaría si lo hiciera, me haría sentir más cercano, menos ausente.
Me quedaré esperando su próxima carta. No se tarde, ya sabe que siempre la espero.
Jesús Millares, Doñano

