El fin del verano.

Al fin encuentro unos minutos para contarle, aunque brevemente, cómo van las cosas por aquí, por este tiempo.

Ya damos por terminada la temporada de verano. Han sido muchos, cientos, los pasajeros de la Casa que han disfrutado de desayunos, almuerzos, cenas, paseos, charla, tertulia y cama.

Este veranos no he podido hacer todo lo que quería,  la mala pata de ese quiebro en el día de San Juan quiso limitarme la movilidad, pero ya ve que “la cuadrita” ha sido mi refugio y el de mi silla de ruedas, ya abandonada afortunadamente.

También han sido muchos los que han preguntado por usted. Ya les he explicado yo que usted anda también de ferias y viendo el mundo desde allí donde usted lo ve.  Todos disfrutan con sus historias y leyendas, participan en la Casa de sus cosas viéndolas y tocándolas, como si fueran juegos.

Le echo de menos, me gustaría que de nuevo compartiera usted conmigo y con los que nos leen estos relatos lejanos y divertidos con los que nos entretiene de vez en cuando. No tarde mucho en contestarme y en ampliar ese catálogo de leyendas suyas por favor. Ahora vivo la ilusión de que va a llegar el hermoso otoño con esos colores y olores cambiantes que cada día nos va  a regalar esta tierra. El otoño está vivo y se nota por eso, porque cada día es de un color y un olor nuevo. El otoño es para olvidar el amor de verano.

Le estoy esperando. No se tarde tanto.

María Rosa

El otoño es para olvidar el amor de verano.

El otoño es para olvidar el amor de verano.

Hoy hace tres años que soy feliz. Gracias Doñita.

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Hoy se cumplen tres años que Doña María Rosa dirige esta Casa, la Casa Doñano. Ustedes no se pueden hacer a la idea de lo que ocurrió ese día, el primero de esta nueva era.

La Doña llegó por la mañana, el hotel estaba lleno, sus nueve habitaciones ocupadas por nueve matrimonios y algunos niños. Ella llegó en su automóvil, que ya es distinto a los demás como todo lo que la rodea ella y tras ella un inmenso camión de mudanzas que estacionó a una distancia prudencial para no desenfocar el paisaje del lugar.

Cuando los huéspedes ya estaban en sus labores veraneantes, de paseo por ahí y por allá, Doña María Rosa se mostró en todo su esplendor. Empezó a dirigir la orquesta y mientras unos sacaban un sofá ella ordenaba traer otro del camión y sustituirlo. Lo mismo pasó con alfombras, cómodas, camas, cabezales, jarrones, cuadros, y mil detalles.

La escena era así, un operario llevaba un cuadro en las manos y Doña María Rosa el taladro. Caminaba él detrás de ella y cuando llegaban al lugar que Doña María Rosa creía adecuado, se producía el zumbido, se colocaba el taco, se ajustaban las alcayatas y se colgaba el cuadro. Inmediatamente se oía… “Otro”.

Sáqueme eso de ahí, ponga eso aquí, más a la derecha, más a la izquierda, cuidado con eso, ahí está bien, perfecto… esos eran los sonidos que se escuchaban en la casa desde que el último huésped salió hasta que al llegar la hora de la cena empezaron a llegar de nuevo.

Los huéspedes quedaron asombrados, pues dónde había un salón con tapicería a la galesa ahora había un salón nuevo, con otro ambiente, otro color, otro olor, otro calor.

Doña María Rosa a todos les decía… “Buenas noches, soy la nueva propietaria del hotel…” y ellos atónitos descubrían el lugar de nuevo asombrados, sorprendidos, reinventados.

Sucedió durante varios días, pocos, que fueron haciéndose ajustes y remates decorativos. Doña María Rosa se fue haciendo con la Casa Doñano y la Casa Doñano con Doña María Rosa.

A mí me pasó como a todos. Se me quedó la cara extraña de la sonrisa permanente que me produjo tanta escena. Esta si es una Doña. Esta sí que sí. Está si es dueña y se le nota. Esta sí que ama a la Casa. Lo sabía por el gesto de ella, de cómo miraba la Casa y sus cosas, las suyas y las mías.

Y alguien puso una máquina, de esas que hacen música y puso sus altavoces escondidos por los salones y de repente sonó todo a cielo, a ángel, a tiempo alegre y a mi pasado. De repente sonó Son Cubano y Bolero. Ya les digo sonó el cielo. Y la oí hablar y la vi bailar y hasta cantar. Y supe que era Indiana, ¡una Indiana Catalana!, y me puse a reír de contento, y canté y bailé desde el invisible lugar donde viven los que ya no bailan ni cantan.

Hoy hace tres años que soy feliz. Gracias Doñita.

He hablado con Marcial, bisnieto de su hermana.

 

Querido Don Jesús., le tengo muy buenas noticias.

Después de recibir su carta me puse de inmediato a investigar si de verdad existía por aquí algún descendiente de su familia. Y sí, encontré a Marcial, que es hijo de Venancia, que a su vez es hija de su sobrina Faustina hija de la hermana de usted. Le cuento.

Marcial se quedó muy gratamente sorprendido de su historia y de lo que está pasando en Casa respecto a usted.

Me contó muchas cosas sobre su familia, de los que fueron a Cuba y hasta de usted mismo, pues aunque usted piense que le olvidaron, ellos siempre lo tienen presente y se saben muchas historias de las que usted es siempre el protagonista.

Marcial se ha emocionado con todo esto y yo con él. A él casi le saltan las lágrimas de pensar que, de algún modo, desde este misterio, retorna su nombre dónde antes había silencio y que todo vuelve a asentarse.

He mandado colocar una placa en la entrada, con esa frase suya “Nací en Galicia. Morí en Cuba. Mi vida es mi casa. Mi casa es ahora tu vida“. La he hecho hacer en cobre, traída desde la fundición familiar en Barcelona y luce preciosa. Ahora todos los que llegan a esta, nuestra casa, preguntan por usted y por su historia y todos los que aquí estamos sirviendo a los clientes y pasajeros la contamos emocionados. Nadie queda indiferente.

Le seguiré informando a medida que vaya obteniendo noticias.

No desespere, pronto tendré más noticias

María Rosa.

 

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Me ha venido el dato a la memoria.

 

Mi querida Señora María Rosa.

Su carta del otro día me ha dejado con las ganas de saber más. Le aviso que en estos días he hecho uso de mi memoria y ahora le voy a relatar algunos datos de gentes que se me vinieron a la cabeza en el ejercicio de recordar. Me siento inquieto con la memoria, no por no tenerla, sino porque al usarla recojo y me recreo en ella, me inquieta descubrir lo que ya sabía y tenía en un cajón olvidado. Es por eso Señora mía, que me inquieto, me retraso porque me acelero. Y no me atrevía a insistirle para que usted se inquietara y se acelerara porque a usted no le puedo pedir que se retrase viendo lo que tiene de trabajo atendiendo a tanta gente.

Yo recuerdo de sobrinos al menos cinco. Algunos varones y otras mujeres. Les dejé por escrito y en una notaría de La Habana, las instrucciones precisas para que actuaran según mi voluntad en el momento preciso de mi falta perpetua.

Si busca en documentos, de notarios y otros registros, encontrará sus nombres y quizás sus señas. Sería importante que lo hiciera pronto, porque yo no me resigno a saber que fue de esa gente que si bien, no puedo decir que amé, porque apenas conocí, si aseguro aquí que me importaron lo suficiente para considerarlos muy queridos.

De todos supe alguna cosa por cartas y en las visitas que hice a la Casa cada año que pude, que fueron bastantes, pero ya le avisé que cuando iba, me iba. Porque siempre noté el comentario, la comidilla y un nosequé que me incomodó la visita. Eran cosas de ese tiempo, de poco saber comprender o de no querer hacerlo o yo que sé. Pero mis visitas con Ygnacia fueron siempre para casi todos ellos la visita “del Indiano y su Mulata” y supongo que no hará falta que me extienda en lo que le quiero hacer suponer.

De todos modos los jóvenes sobrinos veían estas cosas distinto, se acercaban a mi para solicitarme cuentos de la Habana, aventuras, y algún dinerillo fácil dado por cortesía, por presumir de tenerlo o porque sí.

Yo le quiero pedir, Señora María Rosa, que no se tarde en el encuentro de mis parientes ya lejanos. Que no es capricho mío querer saber de ellos sino necesidad de estar con ellos. Porque, como siempre le digo, sabiendo, acabaré estando. Y eso para mí quiere decir existiendo.

Espero sus prontas noticias. Desde aquí se lo ruego. 

Jesús Millares.

Le tengo buenas noticias.

 

Querido Jesús.

 Tengo buenas noticias para usted. He estado buscando, tal como lo me pidió, a los descendientes de su hermana Fátima. He preguntado a unos y a otros sin cesar hasta que he dado con la información adecuada.

Parece que sí Don Jesús. Efectivamente como usted aseguraba al afirmar que alguno habría porque los Millares eran gente muy arraigada a esta tierra, he sabido que un nieto, o un bisnieto porque no me lo han dejado muy claro, de su hermana vive cerca de aquí.

Aún no sabe nada porque, aunque lo he buscado y dado con sus señas, él se encontraba ausente cada vez que intentaba hablar con él. No obstante le he dejado dicho para qué le busco y se me ha asegurado que le hará mucha ilusión participar en lo que se le pida si es para recuperar su memoria.

En estos días ya ha visto, hasta el viento ha colaborado para que usted esté presente en mis pensamientos. Hay algo que me dice, instintivamente que avive su presencia con la música cubana, con el cuidado de la palmera o simplemente en el cuidado de las cosas que algún día fueron suyas.

Espero poder darles noticias más concretas muy pronto. No se preocupe, no tardará en tenerlas.

Mª Rosa Fisas

Ansia.

Querida Doña María Rosa.

Vuelvo a ser víctima del ansia. He estado paseando por todas partes y no consigo apartar mi mente de las intenciones que usted me anunció en su última carta del martes.

Ahora, que es por la tarde, mis recuerdos se dirigen a los sobrinos que tuve en vida y creo que su esfuerzo debería dirigirse a encontrar sus descendientes, mi hermana se llamaba Fátima y, al contrario que yo, ella sí tuvo hijos.  Se lo indico porque creo haría bien en empezar por ese dato.

Yo creo que ellos deben andar por Ribadeo o cualquiera de sus aldeas porque nosotros, los Millares, siempre fuimos gente de echar raíces y sin muchos movimientos.

Cuando yo marché fui el único de nosotros que lo hizo. Y causó sorpresa el atrevimiento porque es eso que le digo , que con regularidad habíamos hecho nosotros, los de la familia Millares, quedarnos en nuestro sitio, trabajarlo, hacerlo grande y dejarlo mejor para destino de hijos y nietos.

Estoy ansioso ya de recibir noticias suyas con datos de estos parientes que aunque ya sean lejanos en el tiempo, pues habrán pasado más de cien años o casi desde que vi a alguno de los míos, los siento como si me fueran contemporáneos.

Uno se queda pensando que, tal vez, si los encuentra usted, ellos serán los resucitados para mí al igual que yo para ellos. Es una curiosidad, ¿Verdad?

La dejo con sus quehaceres sin más entretenimiento por mi parte. Cuídese mucho Señora María Rosa y siga como siempre que así me gusta mucho.

Quedo a la espera de sus noticias, siempre las espero.

Jesús Millares.

Promesa

 

Querido Jesús

Ahora cuando llega el cartero es diferente porque espero sus cartas. Reconozco este sobre y esta letra, diferente a todas los demás y cuando lo veo sonrío. Es la carta hecha a mano, escrita con letra clara y limpia, es muy distinta.

Cuando llegó tu última carta, la de Las Rosas, estaba regando el jardín y disfrutando de un merecido rato de calma después de muchos días de trajín diario y de atenciones a los huéspedes que llegan ansiosos por conocer tu tierra, ahora “nuestra tierra” desde todos los países. Pero cuando llega tu carta mi corazón se emociona y no puedo dejar de abandonar lo que en ese momento esté haciendo para abrir el sobre y empezar a preguntarme qué me has escrito hoy…

¿Sabes? Sentí mucha melancolía en tus palabras y de repente me puse también nostálgica. Cuántos recuerdos, cuántas historias y cuánta vida vivida ¿verdad? Cuántas palabras, cuántos pensamientos sin haber sido descubiertos, o entendidos… Cuántos secretos… Y cuántas coincidencias.

La primera vez que me alojé en Casa Doñano, como huésped, ya me interesé por su historia, que me pareció fascinante. Luego, cuando llegué como propietaria pregunté por la aldea y en Ribadeo por tus parientes, algunos me dijeron que sí, que algunos quedaban por la zona, otros me dijeron que no o que no sabían.

Ahora, que me lo has pedido, lo averiguaré. Tengo algunos documentos que me hablan de ti, algunas referencias que a mí me parecen pistas para encontrar a los descendientes de tus primos. Buscaré y pediré ayuda para satisfacer tu deseo.

Como siempre, las labores propias de mi trabajo, que es atender a los huéspedes de Nuestra Casa, me obligan a interrumpir esta carta. Me quedaré esperando tu respuesta para un día en que llamará el cartero, sonreiré y volveré a sentarme para leerte despacio y atentamente.

Te informaré pronto. No tardaré.

María Rosa


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Diálogos

A finales del siglo XIX, Jesús Millares, un joven de 14 años marcha a Cuba desde su tierra natal, Vilela, en Galicia, en busca de mejor fortuna.

Muchos años más tarde, ya en su madurez, regresa a la aldea adquiere un extenso terreno y construye, como tantos indianos de la época, una casa grande. En ella invierte parte de su fortuna y toda su ilusión. Al pueblo llega con “La Mulata”, una cubana que causa, como mínimo, estupor y ruboriza a las gentes del lugar.

Jesús Millares va y viene de Cuba a Vilela, una vez al año. Por eso acaba siendo conocido por el mote “Don Año”, en gallego “Don Ano”. La casa será conocida desde entonces como Casa Donano.

Entrado ya el siglo XX, con la casa terminada, Jesús Millares fallece, sin hijos, en La Habana. Sus parientes y "la Mulata" heredan la casa y las tierras.  Con los años y los avatares de los tiempos difíciles, las guerras y otros errores, acaban partiendo el lugar y malvendiendo la casa. Es adquirida primero por unos, luego por otros.

En 2006, una catalana de Barcelona, María Rosa Fisas, que también es indiana caribeña, esta vez por Venezuela, conoce la casa y su historia y se enamora de ella. La adquiere, ya reformada y transformada en el actual hotel. María Rosa le imprime entonces su personalidad coincidente, el tono y el color del Caribe. María Rosa ama La Casa igual que la amó Jesús. Ambos son indianos, ambos fueron capaces de convertir esas fantasías en sueños, esos sueños en ilusiones, esas ilusiones en proyectos y esos proyectos en realidad.

La Casa, es un eje que une a Jesús y a María Rosa, pero no el único.  Ambos son indianos, ambos caribeños, lo que Jesús le debe al carbón, con el que hizo su fortuna, María Rosa se lo debe al  cobre, negocio con el que está vinculada generacionalmente.

Este blog es un homenaje a los sueños que se convierten en recuerdos.  Es un homenaje a aquellos que con su perseverancia, su esfuerzo, su ilusión perpetua, convierten la historia en leyenda,

Trata de unas cartas imaginarias, escritas por los protagonistas, Jesús Millares y María Rosa Fisas, formando un diálogo emocional sobre aquello que les une. La casa, su vida, sus orígenes, sus ilusiones compartidas, sus proyectos, sus compañeros de viaje los huéspedes de Casa Doñano.

Bienvenidos.

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